A continuación, leerás un ensayo donde se hace un análisis del libro "El Niño con la pijama de rayas" del irlandés Jhonn Boyne  

BRUNO O LA CAVERNA DE PLATÓN

En la medida que nos sumergimos en la lectura de El niño con la pijama de rayas, de Jhon Boyne, nos encontramos frente a una gran e inagotable fuente de conocimiento desde donde podemos especular sobre nuestro mundo interior y exterior, al verlos a través de un espejismo generado por la guerra y ese oscuro episodio que la humanidad ha querido olvidar y que Bruno encarna tan bien.

Por que si bien es cierto que el lector identifica por los indicios que ofrece el texto que esta frente a una narración sobre La Segunda Guerra Mundial en Alemania, a través del niño que funge como narrador, la inocencia que éste muestra se nos hace  increíble y contradictoria; nos cuesta creer que haya habido alguna persona, por niño que fuera, que desconociera lo que sucedía a su alrededor; solo podemos aceptarlo como una metáfora que nos devela una reacción natural hacia todo aquello que nos parece incomprensible.

Su inocencia esta paralelamente proporcional a esa etapa de negación que experimentamos los seres humanos ante una verdad cruel y a la cual nos aferramos como a una tabla salvadora que nos permite sobrellevar una realidad agobiante al tiempo que nos impide reaccionar de manera oportuna ante todo aquello que nos resulta racionalmente inaceptable.

Bruno, el protagonista-narrador, se nos asemeja a la caverna de Platón, (seres humanos comunes y corrientes, prisioneros y férreamente atados para obligarlos a ser espectadores de una oscura representación de lo que (engañados) consideran que es la realidad).  Él  vive sumergido en su mundo, (su entorno, su casa, Padre y Madre, hermana, sus criados, Shmuel,…) al exterior solo puede acceder por fracciones; retazos de vida enmarcados dentro de una ventana, que a modo de entrada de la cueva, le obliga a ver la actuación de los otros como algo natural, cotidiano y permitido, es decir, como el mundo real, desnudo y simple. “Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos. ¿Crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?[1]

Sin embargo, para entender su exagerada inocencia, hay que profundizar más en su personaje, hay que dejar de lado la ingenuidad y candor que transmite un niño que experimenta la soledad y el abandono emocional dentro de una familia pudiente y mirarlo desde otra perspectiva: un personaje “pantalla” que encarna la reacción del mundo ante el horror de la guerra, en este caso, del holocausto Nazi; Un eufemismo que cubre esa imperiosa necesidad del hombre de negar lo que sucedía y aún ahora, lo que sucedió. Un velo que protector que exime de culpa.

Por eso, al final, cuando Bruno escapa de la caverna  y asciende a la superficie de la tierra, no encuentra esa brillante superficie iluminada por los rayos de sol, sino el desolado “desierto de lo real” que lo lleva por un momento a un gran dilema de negación-comprensión-temor de esa realidad y que solo un desafío hacia sí mismo lo obliga a enfrentarlo. Es en este momento cuando empieza a sospechar que el mundo en el cual el vivía es un montaje, un espectáculo organizado para hacerle creer que vive en un mundo real, mientras, en realidad, todos los que le rodean no son sino actores y extras de un gigantesco espectáculo “Lo único que notaba era el barro pegado por todo el cuerpo y el pijama adhiriéndose a su piel por efecto de la lluvia. Anheló estar en su casa, contemplando el espectáculo desde lejos, y no arrastrado por aquella multitud.” Pág. 211

Lo anterior, hace posible preguntarnos si Bruno es una encarnación de ese pueblo Alemán y por antonomasia, de la humanidad en general, que por las características y magnitud de la guerra, no desconocía lo que pasaba a su alrededor sino que simplemente se negaba a reconocerlo, lo sentía de una manera poco vivencial y por eso se mantenía al margen, encerrados en la caverna de Platón como simple espectadores que dando la espalda a lo que pasaba fuera (realidad) solo veían las sombras de un montaje en el que ellos solo eran eso: espectadores, no actores.

Desde esta perspectiva se hace válida la lección final que nos otorga el texto: el dolor de la guerra revertido hacia el verdugo; se nos revela los efectos nefastos de estos conflictos bélicos no ya desde los ojos de la víctima sino del victimario. El hombre que se enfrenta a la realidad fuera de la caverna y cuya luz le ciega los ojos.

                                                                                               Ullenid Jiménez Vásquez

                                                                                                               Licenciada en Español y Literatura

[1]El Mito de la Caverna de Platón

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